Acerca de la iglesia, existen muchos malos entendidos, y entre estos, se encuentra aún la definición misma de lo que constituye una iglesia. Si no entendemos lo que este concepto implica, mucho menos entenderemos su propósito.
Para muchos, la iglesia es simplemente una institución. Para ellos, una de las cosas más fundamentales de una iglesia son los reglamentos, estatutos y la constitución de la misma.
Para otros, la iglesia es un edificio y por tanto su propósito en ocasiones se reduce a embellecer la edificación y a actividades que no tienen un impacto mas allá de las cuatro paredes del edificio.
Para algunos, la iglesia es una especie de club social, para hacer amigos o para que sus hijos hagan amistades cristianas con quienes puedan salir y eventualmente casarse incluso.
Más aún, para otros, la iglesia es un lugar donde acuden los domingos para cumplir con Dios, de manera que el Señor pueda bendecirlos durante la semana, como aquel que respeta un semáforo para no tener que pagar una multa.
Otros ven la iglesia como un grupo de personas dedicadas a la evangelización y domingo tras domingo es lo único que se hace en estas congregaciones.
Cuando el propósito es la instrucción, podríamos terminar creando personas
con “doctorados” en la Biblia, pero con pocos deseos de intimar con Dios y a veces con poca motivación para salvar almas perdidas.
La iglesia de hoy necesita volver a hacerse la pregunta: ¿Cuál es el propósito número uno de la iglesia? Y la respuesta que la Palabra ofrece es clara: la gloria de Dios. El texto del primer capítulo de Efesios es sumamente claro:
«Según nos escogió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos y sin mancha delante de Él. En amor nos predestinó para adopción como hijos para sí
mediante Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia que gratuitamente ha impartido sobre nosotros en el Amado. En Él tenemos redención mediante su sangre, el perdón de nuestros pecados según las riquezas de su gracia que ha hecho abundar para con nosotros. En toda sabiduría y discernimiento nos dio a conocer el misterio de su voluntad, según el beneplácito
que se propuso en Él, con miras a una buena administración en el cumplimiento de los tiempos, es decir, de reunir todas las cosas en Cristo, tanto las que están en los cielos, como las que están en la tierra. En Él también hemos obtenido herencia, habiendo sido predestinados según el propósito de aquel que obra todas las cosas conforme al consejo de su voluntad, a fin de que nosotros, que fuimos los primeros en esperar en Cristo, seamos para alabanza de su gloria. En Él también vosotros, después de escuchar el mensaje de la verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído, fuisteis sellados en Él con el Espíritu Santo de la promesa, que nos es dado como garantía de nuestra herencia, con miras a la redención de la posesión adquirida de Dios, para alabanza de su gloria (Ef. 1:4-14).







